El ladrón del triángulo

16.12.2018

Siempre nos enseñan en el colegio lo que necesitamos saber, aunque nunca nos cuentan gracias a quién lo podemos saber. - Antonio Silva


Euclides se encuentra en su taller escribiendo sus nuevos descubrimientos sobre geometría. La llamada de una sirvienta lo distrae durante un momento. A la vuelta, todo está vacío. Todo el trabajo de su vida ha desaparecido en un abrir y cerrar de ojos, nada tiene sentido. Entonces, el matemático hace llamar a todos los discípulos del taller y hace venir a todos los sirvientes que por ahí rondan.


Euclides

Ha desaparecido algo de gran valor para mí: el trabajo de toda una vida. Imploro que si alguno de vosotros ha sido el causante de la desaparición de mi labor lo exponga ahora, ante todos. 


Todos los presentes callan al unísono, nadie media palabra. Nadie, excepto una sirvienta joven que acaba de llegar al taller.


Adriana

Señor, creo que puede haber sido Eudoxo... ya sabe que es egoísta y que está resentido con usted... ya sabe que conspira con otros para robarle su trabajo. Es probable que haya sido él, sobretodo teniendo en cuenta que no se halla aquí presente.

Euclides

Muy perspicaz, Adriana. Sin embargo, no creo que se trate de Eudoxo. Si fuera él el causante de mi desgracia no estaríais ninguno aquí, conmigo. 

Adriana

¿Por qué dice eso señor...? Nosotros le servimos a usted no a Eudoxo. 

Euclides

Olvidas Adriana que mientras tú acusabas a Eudoxo los demás callaban como bellacos. 


Suenan entonces murmullos entre los presentes.


Hefestión

Maestro, yo sé quién ha sido. Ha sido Teón pues tampoco se halla aquí con nosotros... y usted sabe que también le tiene codicia a su trabajo. Hágame caso, yo le escuché la otra noche hablar sobre robarle su trabajo. Creo que algo dijo sobre robar el triángulo de Euclides...

Euclides

Querido Hefestión, ¿Crees haber oído algo sobre un triángulo? A más aún ¿Crees haber oído que Teón postulaba robarme un triángulo? ¿A mí? 

Hefestión

Sí maestro, eso he dicho. 


Silencio por parte de Euclides.


Conon

Euclides, las evidencias sobre que Eudoxo y Teón están compenetrados en el hurto de tu trabajo son abrumadoras. ¡Abre tus ojos! ¡Está claro que han debido de ser ellos! Sobretodo siendo los únicos que no se encuentran entre nosotros.

Silencios incómodos llenan la sala.

Euclides

De acuerdo, Conon. Traedme a Eudoxo y Teón, discutamos con ellos sobre lo aquí hablado. 


Los subordinados de Euclides marchan en busca de Eudoxo y Teón. Al anochecer vuelven al taller del matemático donde él aguarda apaciblemente.


Eudoxo y Teón

¡¡¡Maestro!!! ¡¡¡Maestro!!! Nosotros no hemos sido, no hemos robado su trabajo. Ha de creernos, por piedad.  <<los dos hombres se arrodillan y suplican a Euclides>>

Euclides

¿Por qué habría de creeros? No habéis estado en el pequeño cónclave de esta tarde y habéis desaparecido del taller. 

Eudoxo y Teón

Nos encontrábamos en el ágora, Euclides. Hemos ido a comprar alimentos... Puedes preguntar allí. ¡Muchos nos han visto a ambos comprando hortalizas y cereales!

Euclides

Entonces, ¿A qué se debe esa compra de alimentos tan dilatada señores? 

Eudoxo y Teón

Bueno, puede que hayamos pasado por la taberna a tomar una o dos jarras... ¡Pero no hemos robado nada!


Los acusados se quedan quietos y mudos. Ambos temen una gran reprimenda.


Hefestión y Conon

Es evidente, maestro. ¡Hacednos caso, han debido ser ellos!

Eudoxo y Teón

¡¡¡NO, NO, NO!!! No hemos sido nosotros, no hay pruebas de ello.

Euclides

Calmaros todos. Queridos Conon y Hefestión, todo lo que es afirmado sin pruebas puede ser negado de igual modo sin pruebas. No obstante, yo sí sé quién es el auténtico ladrón de mi trabajo.

Hefestión, Conon, Eudoxo, Teón, Adriana y los demás

¡¡¡¿¿¿QUIÉÉN???!!!


Euclides calla y reflexiona.


Euclides

Cree el ladrón que son todos de su condición. No creáis nunca en la palabra de alguien que nombra en vano los defectos del adversario; no creáis nunca en las intenciones de quien de palabra es sabio y de acto un necio. Muchos podrían ser los ladrones de mi trabajo, pero no todos serían capaces de llevarlo acabo. Es aquél, el que de todos se fían y pocos dudan. Es aquél al que todos aman, comprenden y nunca juzgan. Es el ego que nunca falla, al único al que no se señala. Es el individuo mismo. No esperéis encontrar en casa ajena al ladrón, puesto que sois vosotros mismos los culpables de mi desgracia. Sois todos o no sois ninguno, decidme pues... tengo razón o no en mis palabras.

Todos los presentes se miran con preocupación. Un silencio inunda la sala, la tensión es tan palpable en el ambiente que uno podría cortarla con la dificultad con la que se corta un trozo de queso.

Hefestión 

Usted tiene razón, Euclides. Entre todos le hemos robado el trabajo de su vida, le hemos quitado su orgullo y su satisfacción. Hemos querido despojarle de todo honor y hemos perdido el nuestro por el camino. Siempre tiene razón, entiende mejor que nadie como están hechas las personas y ve siempre más allá de lo que aquí se encuentra. Es estresante y apabullante que siempre sea mejor, siempre.

Conon

Siempre ha entendido usted bien las emociones negativas del hombre, Euclides... la codicia, la rabia, el odio y la avaricia. ¡¿Cómo es posible que el gran Euclides no descubriera nuestro plan?! 

Apostaría 1000 dracmas a que el maestro ya sabía que le íbamos a robar su trabajo y pese a ello ha dejado que lo hiciéramos, ¡Únicamente para dejarnos en evidencia y así una vez más sacar a relucir su gran inteligencia!

Eudoxo y Teón

Nos hemos visto eclipsados por su ingenio, fama y sabiduría. Queríamos tenerlo todo para nosotros, demostrar que podíamos ser grandes matemáticos sin la ayuda del gran Euclides, el geómatra griego. Puede que nos hayamos equivocado...


Euclides calla mientras los demás se miran entre sí,  preocupados y con la conciencia intranquila. 


Euclides

No dudo de que de no haber previsto este acontecimiento con anterioridad me habría llevado un mayor disgusto. Se me acusa de ser más ingenioso, famoso, sabio e inteligente que el resto de los hombres y parece que he de pagar por ello. A muchos os he dado cobijo, a otros os he dado conocimientos y sabiduría, incluso a algunos os he dado ambas cosas. Me siento como un padre que ve como sus hijos le roban enfrente de sus propios ojos, como unos buitres carroñeros que dijeron ser sus hijos le hicieron el hombre más pobre y vacío de la existencia. Sois como mis hijos y me habéis hecho miserable. No quiero mi trabajo, no lo necesito. Podéis quedaros cuanto hayáis cogido de mí. Ahora creéis que lo más importante que os habéis llevado de mí es la labor trabajada, los cuartos que sacaréis de ella... no tenéis ni idea de que lo que os habéis llevado no se compra ni se comercia. Os hablo del conocimiento aprendido. Id en paz con vuestra conciencia, si es que ésta os deja hacerlo.


Meses después se vieron publicados los trabajos del geómatra. Unos trabajos titulados "Los Elementos", textos que había escrito Euclides en los que hablaba sobre geometría, definiciones de conceptos y principios fundamentales sobre las matemáticas. Finalmente los discípulos firmaron el trabajo como Euclides. A partir de entonces los mismos siguieron firmando con el nombre de su maestro, incluso después de la muerte del matemático. 

Algunos de los principios fundamentales que escribió Euclides fueron muy importantes. De ellos hoy hemos extraído mucho provecho en diferentes ámbitos como las matemáticas, la geometría, la física, la química o la astronomía. Algunos de esos principios son tan conocidos como: "Una línea recta puede ser dibujada uniendo dos puntos cualesquiera", o " La suma de los ángulos interiores de cualquier triángulo es 180° ". 

Siempre nos enseñan en el colegio lo que necesitamos saber, aunque nunca nos cuentan gracias a quién lo podemos saber. 



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